Para la ideología política la sociedad se presenta desde un punto de vista particular, en la cual se acentúan y contrastan diversos aspectos del mundo social, que permiten observar como actúa la realidad en todo su conjunto y como debería ser desde un enfoque ideal. Las ideologías políticas parten de dos caracteristicas principales:
- La representación de la sociedad y
- un programa politico utilizable para dicho propósito
---------------------------------------------------------------------------- REVISTA TODAVIA - OSDE
¿Quién necesita una identidad nacional?
La construcción de la nacionalidad en la Argentina
por LILIA ANA BERTONI historiadora UBA - UNSAM
por LILIA ANA BERTONI historiadora UBA - UNSAM
En la Argentina del siglo XIX y comienzos del XX, la inmigración fue sinónimo de diversidad lingüística, religiosa y social. Se diseñaron, entonces, políticas públicas que tendieron a aglutinar las diferencias en torno a valores comunes. Sin embargo, hubo varias maneras de entender este proyecto de unificación cultural: las perspectivas que respetaban la diferencia y las que, por el contrario, veían en ella una amenaza para el espíritu nacional.
La pregunta sobre la identidad nacional responde a una preocupación que surgió con las naciones modernas y se acrecentó notablemente entre fines del siglo XIX y principios del XX con la emergencia de las masas en la vida política. Entonces, y para hacer frente a los desafíos de una realidad en la que se operaban intensas transformaciones, los Estados modernos buscaron puntos de anclaje firmes. Con el propósito de integrar la sociedad en torno a ciertos valores e ideas y de estimular así la cohesión de la población, se postuló la existencia de una identidad nacional, encarnada en un conjunto de rasgos culturales comunes.
Este proyecto presuponía la existencia de una cultura nacional, singular y propia, auténtico fundamento del Estado-nación. Así, se atribuía a un colectivo, necesariamente variado y cambiante en el tiempo, un concepto aplicable al individuo. En él, la noción de ser igual a sí mismo a lo largo de su vida, y a la vez distinto de otro, articula la conciencia de su existencia. La nación, considerada como una personalidad individual y dotada de sus atributos, se volvió una imagen recurrente desde fines del siglo XIX; se habló entonces de “espíritu, ser o identidad nacional”. La necesaria correspondencia establecida entre nación, cultura e identidad hacía de la supuesta homogeneidad cultural de la sociedad un ideal deseable y una garantía de integración y unidad.
Dos modos de pensar la nación
En Argentina, estas ideas sobre la sociedad se consolidaron desde fines del siglo XIX; sin embargo, cuando el modelo de homogeneidad cultural comenzó a difundirse, sus exigencias entraron en conflicto con otra concepción de la nación vigente en el país, precisamente la que había quedado expresada en la Constitución de 1853. Allí, se la definía como un orden político soberano, un régimen republicano con derechos y garantías, cuyos ciudadanos eran miembros del cuerpo político. En sintonía con el propósito declarado en el Preámbulo de constituir la unión nacional y asegurar los beneficios de la libertad para “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”, se otorgó a los extranjeros el pleno goce de los derechos y garantías civiles, con el fin de atraerlos y poblar con ellos el extenso territorio del país. La nación constitucional, definida fundamentalmente como un cuerpo político, parecía compatible con la idea de una sociedad abierta a los hombres de distintos orígenes y culturas y vinculada al mundo.
Los pequeños grupos de inmigrantes se convirtieron, desde los años ochenta del siglo XIX, en una corriente numerosa y sostenida que afluía atraída tanto por las oportunidades abiertas en la economía local como por las amplias libertades que se les ofrecían. La sociedad se transformó con su llegada, y la variedad de lenguas, costumbres y religiones le imprimió un carácter cosmopolita. Esta afluencia, que con algunas interrupciones se mantuvo durante mucho tiempo, fue indudablemente uno de los principales resortes de la transformación económica y social de la República. Y si bien el proceso no estuvo exento de tropiezos, resultó exitoso, fue saludado con entusiasmo y reforzó la confianza en el rumbo elegido y en la benéfica acción de los principios adoptados en la Constitución. Un conjunto de leyes seculares completó la organización de un Estado laico con alcance nacional y definió la existencia de un espacio público en el que habitantes y ciudadanos, sin importar la diversidad cultural, gozaban de las libertades y garantías constitucionales.No obstante, en Argentina esta forma de concebir la nación no se impuso fácilmente y dio lugar, cerca del cambio de siglo, a numerosas discusiones sobre los más variados temas –el idioma, la tradición o los héroes–, que evidenciaban profundas divergencias sobre cuál era el rumbo que debía seguir el país.
El problema residía en que el modelo de nación culturalmente homogénea que se proponía para el conjunto de la sociedad se construyó sólo con algunos rasgos de ésta y excluía muchos otros rasgos culturales presentes y vivos en la sociedad. Grupos enteros de habitantes que no encarnaban ese ideal eran empujados hacia los márgenes o bien quedaban teñidos de cierta ilegitimidad. La aceptación de este modelo requirió una política cultural de larga duración y una constante labor de imposición que llevaron adelante algunas de las principales instituciones del país. Una de ellas fue la Iglesia, que hacia 1910 logró colocar a la religión católica como uno de los rasgos esenciales de la tradición nacional, junto al idioma patrio. Se proclamó la catolicidad de la nación y se afirmó que en tanto religión oficial era la única que debía ocupar el espacio público. Esta pretensión dejaba fuera a los argentinos no católicos (protestantes, judíos, musulmanes, agnósticos, etcétera), y cercenaba las condiciones de libertad religiosa con que los inmigrantes habían sido convocados a poblar el país.
Hubo también otras versiones que expresaron la concepción de la homogeneidad cultural de la nación, como la variante aristocratizante e hispanista de Manuel Gálvez o la espiritualista y democrática de Ricardo Rojas. En fuerte contraste con el clima de entusiasmo de las celebraciones del Centenario, estos pensadores diagnosticaron que el país atravesaba una gravísima crisis moral. La heterogeneidad poblacional, una turbia hibridación del carácter propio y formas de vida extrañas a él habían fragmentado su unidad espiritual. Era necesario purificar el territorio y “suprimir todas las impurezas del ambiente moral”, lo que para Gálvez implicaba limitar libertades excesivas, por ejemplo: la libertad de prensa, la religión protestante o las escuelas evangélicas.
Una sociedad plura
En las décadas de 1930 y 1940, este abanico de versiones se desplegó con fuerza en algunos ámbitos, como el católico, las instituciones militares y los grupos políticos nacionalistas, que lograron capacidad de presión sobre los poderes públicos y una influencia decisiva en las políticas culturales. Particularmente arraigó en el Ejército, que creó una versión en la cual se presentaba como el protagonista central: habiendo nacido con la patria, era el custodio natural no sólo del territorio y de la soberanía sino de los intereses superiores de la nación. Colocados más allá y por encima de las leyes, esos intereses remitían a una tradición que el Ejército se arrogó el derecho de definir y proteger como un asunto de seguridad nacional.
La difusión de estas ideas se extendió hasta moldear la opinión de amplios sectores de la sociedad. Llegó también a distintos sectores políticos de orientación popular, hasta enraizar en el sentido común de los argentinos. Los regímenes dictatoriales las usaron para definir al enemigo interior y legitimar sus acciones en la defensa de la seguridad nacional.
Sin embargo, las ideas de tolerancia y pluralidad asociadas a una concepción política de la nación y a un patriotismo constitucional no desaparecieron. Coexistieron con la exigencia de homogeneidad cultural, a lo largo del siglo XX, con disímiles fuerzas y dificultades según las épocas. Desde 1984, con el regreso a la democracia cobró otra vez fuerza una idea de nación compatible con el pluralismo político y cultural en lo interno, y con una política de convivencia no conflictiva con los demás países. En el caso de Argentina, una república representativa originada en la soberanía del pueblo y con mandato popular, la valoración de la pertenencia a la nación en términos de ciudadanía, es decir, vinculada al pleno goce de los derechos civiles, políticos y sociales y a la plena vigencia de la ley, es también un camino para la integración social.
No obstante, la pretensión de homogeneidad cultural reaparece cada tanto de la mano de quienes demagógicamente recurren a un modelo estandarizado, a un eslogan de probada eficacia para obtener determinados logros políticos que intentan legitimar apelando a la defensa de la cultura o la identidad nacional. Por el contrario, desechar la ilusión de la homogeneidad cultural en Argentina es la forma de preservar la riqueza y vitalidad de su población, porque una pretensión semejante fuerza la realidad sociocultural del país, expulsa de la nación a lo diferente e, incluso hacia adentro, lo diverso se convierte en un “otro” o, peor aún, en un enemigo. •
Publicada en TODAVÍA Nº 11. Agosto de 2005
FOTO: GRACIELA SACCO - De la serie Venus empaquetada, 1997-1998. Instalación. Heliografía sobre valijas
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